Quienes recorrieron los dinámicos pueblos cafeteros del Huila en las décadas de los 70 y 80, seguramente guardan en su memoria la misma estampa de fin de semana. Interminables filas de camperos y las chivas cargadas con pesados sacos de fique, esperando pacientemente su turno a las afueras de las bodegas de compra. En aquella época, la participación de la gran mayoría de los productores, muy especialmente los pequeños caficultores, terminaba de forma abrupta frente a la báscula. Su labor consistía en cultivar, recolectar, lavar y entregar el producto seco al intermediario de turno. Recibían el pago fijado por el mercado del día y regresaban a la finca, ajenos al destino final, a la calidad de la taza y al verdadero valor económico de su precioso grano.
Hoy, esa estampa es apenas un recuerdo que contrasta radicalmente con la revolución que se vive en las fincas de nuestro departamento. El caficultor huilense evolucionó. En la actualidad, una buena parte de pequeños y grandes productores han transformado sus parcelas en verdaderos laboratorios agroindustriales y han adoptado nuevas técnicas y tecnologías que les permiten ser partícipes absolutos en todas y cada una de las acciones de la cadena productiva.
Ya no son solo cultivadores; son campesinos que controlan desde la genética en la siembra, los grados Brix en la recolección y las curvas de fermentación en el beneficio, hasta el perfil de tueste y la comercialización directa. Hoy, la familia cafetera compite de tú a tú en concursos de calidad, rompe récords de precios en subastas de microlotes y se codea con compradores globales en escenarios de talla internacional como EXPOCAFÉ a nivel nacional y otras ferias internacionales.









